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¿Es el Trabajo un castigo divino?

Camareros Banquete nupcial BRUEGEL

Sirviendo en el banquete nupcial. Pieter Bruegel

Junto con el sueño, el trabajo es el área a la que más tiempo dedicamos, ya sea éste un trabajo remunerado, doméstico o de cualquier tipo. Aproximadamente un tercio de nuestra vida la destinamos a trabajar. ¿No merece esto una reflexión profunda sobre nuestra relación personal con él?

En el trabajo nos relacionamos con otros, nos implicamos física, mental y emocionalmente. Vivimos éxitos, decepciones, preocupaciones, alegrías, esperanzas, satisfacciones, miedos y fracasos. En el trabajo obtenemos aprendizajes importantes. Hacemos amigos y, a veces, enemigos. En muchas ocasiones, hasta nos enamoramos en el trabajo. Obtenemos y perdemos dinero. Conseguir trabajo, cambiar de trabajo o quedarnos sin trabajo son hechos trascendentales en nuestras vidas que marcan en ellas un antes y un después.

Y el trabajo, ¿es acaso un castigo divino? En nuestra cultura se ha dado por supuesto. En la mitología ancestral, Adán y Eva pecaron y fueron expulsados del Paraíso y condenados a “Te ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Este mito se encuentra incrustado en lo más profundo del nuestro inconsciente colectivo y da por supuesto que todos somos pecadores y, por tanto, culpables. Presupone a un dios castigador y vengativo que nos condenó ¡a trabajar!

Esta es una de las creencias que más sufrimiento ha causado en la historia de la humanidad. Necesitamos disolver estos pensamientos de nuestra mente individual y de nuestro inconsciente colectivo para vivir el trabajo sin la pesada carga que le hemos atribuido.

A menudo deseamos que llegue el final de la jornada y el fin de semana para liberarnos del trabajo. En ocasiones, los domingos al finalizar el día se cierne sobre nosotros una neblina ante la llegada inexorable de otro lunes laboral.

Durante nuestro viaje laboral o profesional, hemos dado por hecho muchas cosas, y conducimos nuestras vidas en piloto automático con programas preestablecidos desde hace mucho tiempo que fijan en la pantalla de nuestra mente imágenes repetitivas. En muchos casos, imágenes aburridas y poco motivadoras.

Está llegando el momento de abandonar una concepción del trabajo que no unía trabajo y disfrute o, si lo prefieres, trabajo y entusiasmo, trabajo y sentido, trabajo y aportación, trabajo y creatividad, trabajo y vida, trabajo y dignidad, trabajo y cooperación, trabajo y honestidad, …

Nuevas formas de entender y vivir el trabajo tienen que ver, también, con nuevos estilos de vida, nuevas opciones de consumo, una nueva relación con el dinero, y una confianza creciente en que cuando creemos en nosotros, en nuestros talentos personales, en lo que cada uno tenemos para aportar a los demás, el resto de las cosas empiezan a recolocarse y moverse en una nueva dirección.

Y tienen que ver con individuos que rompen con la importancia del estatus social, que no se pueden clasificar en clases sociales, que se salen de estar por encima ni por debajo de nadie, individuos que crean armonía entre su trabajo y sus valores personales, que saben que cualquier cosa que hagan, si está hecha con conciencia y cariño, por sencilla que sea, está cambiando el mundo.

Nuevas formas de entender el trabajo no proceden de los foros internacionales para abordar el problema del desempleo y la pobreza, proceden de la iniciativa de personas de a pie que están desarrollando en ellos una nueva conciencia y que la llevan a su hacer, a su empresa, a su comunidad, a su negocio y a su vida.

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